Podcast: El latido teatral de Aviñón

Foto: Institut Français
Foto: Institut Français

Durante el mes de julio, Aviñón se transforma. Las calles empedradas del casco antiguo se llenan de voces y aplausos. Es tiempo de festival. Desde 1947, esta ciudad del sur de Francia alberga uno de los encuentros teatrales más importantes del mundo. Pero más allá de los grandes escenarios y de los reflectores, se despliega una red viva de teatros pequeños e independientes que son el alma cotidiana del arte escénico en la ciudad.

Uno de esos espacios es el Théâtre Albatros, ubicado en la pintoresca calle de los tintoreros. Fundado en 1980 por una pareja de apasionados, fue la primera sala independiente del barrio. Hoy lo dirige su hija, Ophélie Maréchal. Creció entre bambalinas, montajes exprés y compañías que llegaban de todas partes del mundo.

El festival de Avignon - Foto:  Avignon Tourisme
El festival de Avignon – Foto: Avignon Tourisme

Ophélie espera a grupos de artistas que tienen que actuar durante el mes de julio.

Muchas compañías llegan sin escenografía, apenas con una maleta, una silla, una mesa. Todo debe ser ligero, transportable. El equipo del teatro busca soluciones, presta materiales, ajusta luces.

Aunque para los centros teatrales es un negocio, la solidaridad, entre teatros y artistas, es parte del encanto del festival.

En julio, su pequeño teatro, que cuenta con cuatro salas de unas 50 butacas cada una, acoge alrededor de 30 funciones. Durante el resto del año, sigue abierto a otras propuestas culturales.

La dimensión humana del teatro independiente es también una característica del Festival Off, que se despliega en paralelo al oficial. De los aproximadamente 140 teatros activos en el centro histórico, la mayoría pertenecen a esta vertiente libre, alternativa y autogestionada. Aquí, el espectáculo va desde la comedia y el teatro clásico, hasta piezas que abordan temáticas sociales urgentes como la discapacidad o la violencia de género.

Ophélie explica que hay público para todos y que algunos espectáculos función muy bien desde el primer días, pero otros más complejos, atraen a menos público, aunque son igual de valiosos.

Alexandra Timar cree que el hecho de que haya muchos espectáculos no es problema, «Yo cada año me pregunto cómo llenar el escenario, pero esa gran diversidad de oferta hace que el público tenga salas de referencia».

Para Ophélie, el festival es trabajo, pero también una aventura que se repite cada verano, una tradición que se renueva en cada edición.

De las casi 220 salas activas, no todas son grandes. La mayoría tiene entre 30 y 70 butacas. En su diversidad radica su fuerza.

La vida del teatro no se limita a julio aunque las jornadas de esos días son maratonianas, de 10 de la mañana a 9 de la noche, sin pausa.

Sin duda el festival marca el ritmo de la vida de la ciudad durante todo el año. Desde septiembre, comienza la recepción de propuestas para la siguiente edición. Las compañías envían dosieres, vídeos, ideas…

En la calle Noël Biret encontramos el convento de Santa Clara. Allí el poeta y humanista Petrarca conoció a su musa e inmortalizó el momento.

«Laura… largamente celebrada en mis versos, se me apareció por primera vez durante mi adolescencia, en el año 1327, el 6 de abril, en la iglesia de Santa Clara de Aviñón».

Fundado por las clarisas, es uno de los más antiguos de la ciudad.  De la iglesia solo quedan algunas capillas laterales y el ábside. Un pequeño jardín marca el lugar donde se encontraba el claustro.

En 2020 un grupo universitario les propuso reinterpretar este encuentro aprovechando su significado histórico. No saben si en 2027 celebrarán el séptimo centenario de aquel momento de una manera especial.

En medio de la vorágine, el Teatro Les Halles, dirigido por Alexandra Timar, mantiene su propia efervescencia, un dinamismo que se alarga de forma permanente.

Nuestro objetivo es apoyar a las compañías durante todo el año, acoger sus primeras representaciones y darles las mejores condiciones posibles e integran las actuaciones del festival en su programación a largo plazo. Acogen compañías francesas, especialmente de la región e incluso internacionales.

La selección de espectáculos se basa en criterios artísticos, priorizando las escrituras contemporáneas y las nuevas formas de dirigirse al público.

Si bien muchas compañías los contactan, Alexandra nos dice que también buscan activamente espectáculos en Francia y en el extranjero. 

El teatro cuenta con tres espacios: un jardín exterior, una sala interior y una pequeña sala en una capilla, donde se realizan de 9 a 10 espectáculos diarios durante el certamen. 

A diferencia de otros teatros con alta rotación, apuestan por ofrecer tiempos largos en escena, con montajes completos y propuestas arriesgadas. Su programación anual también incluye talleres en empresas, centros de salud y escuelas.

Philippe Bonfliglio, de la oficina de turismo de la ciudad considera que el festival se ha convertido en parte del ADN de la ciudad, porque los aviñonenses demanda este tipo de espectáculos, entretenimiento y ocio como parte de su tiempo libre diario.

El bullicio del Festival de Aviñón se palpa en el aire. En una plazuela nos topamos con el grupo Barbab que ha llegado de Guinea. Participan con una obra sobre la ablación femenina, pero en los tiempos libres muestran sus cualidades malabares y musicales… y de paso se ganan un dinero extra.

En la calle Santa Catalina encontramos dos teatros muy cerca uno del otro. Golovine y Le Chène Noir. Es muy habitual encontrar estos espacios culturales tan juntos, de hecho solo hay que ir caminando para encontrar todo tipo de propuestas teatrales.

Si bien hay unos 120 teatros, la inmensa mayoría solo abren durante el mes de julio, formando parte del Festival Off, paralelo al Festival de Aviñón.

En 1969, en los años de revueltas estudiantiles, se representó en el teatro Chéne noir, Marylin. Fue un éxito y sirvió para impulsareste festival libre y audaz, paralelo al oficial.

En la Capilla de Santa Catalina, este teatro vibrante de energía y creatividad sigue desafiando al tiempo. Durante más de cincuenta años, Gérard Gelas, dirigió Le Chène Noir. En 1966, había recitado sus poemas en cafés durante el festival, convirtiéndose, junto a  figuras como André Benedetto, en uno de los pioneros de las nuevas propuestas artísticas.

Al año siguiente, fundó la compañía, transformándola en una institución viva que ha marcado, durante casi 60 años, el devenir del OFF.

Laurie Assalin, del equipo de programación reivindica su apuesta popular, también para jóvnees y familias, pero exigente y sin renunciar a la calidad.

Todo esto comenzó en 1947, recién acabada la Segunda Guerra Mundial. El gobierno francés quería descentralizar la cultura fuera de París y en Aviñón, Jean Vilar aceptó el reto de crear un festival de teatro.

Años más tarde de su repentina muerte, se inauguró la maison Jean Vilar, que a partir de este año amplía su oferta cultural para el público interesado en la historia del teatro. Un lugar que recoge su legado y que alberga archivos, documentos, imágenes y testimonios de casi 80 años de historia escénica.

El objetivo es contar la historia de toda esta evolución y destacar diferentes aspectos como la creación del festival, su organización, la llegada de otras artes escénicas invitadas, recordando que el teatro es el núcleo principal, pero también hay danza, performance, música, cine.

Tiago Rodrigues, actual director del certamen cultural, destaca la vigencia del pensamiento de Vilar: descentralizar la cultura y hacer del teatro una herramienta accesible para todos.

Dice que Vilar compuso una partitura histórica y desde entonces todos los directores la han reinterpretado a su manera. “Con más fuerza en unas notas, en tonos más graves unos, acrecentando una nota, improvisando un poco, pero siguiendo la melodía. Hay direcciones más de jazz, hay otras más eruditas, pero siempre es la misma partitura. Yo quiero que sea actualizada con la sensibilidad de nuestro tiempo”.

Unas notas que se mantienen durante todo el año  en el ambiente de la ciudad. En cada rincón, una historia. En cada sala, una emoción.

Aviñón demuestra que no se necesita una gran escenografía para conmover. Basta una lámpara bien colocada, una historia potente y 50 butacas llenas de espectadores atentos.

El teatro, en su forma más pura, sigue latiendo entre sus muros centenarios.

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