Podcast: Arte y viñedos, el legado creativo de la familia Martínez Zabala

Bodega Martínez Zabala

Entre la Ribera del Duero y la Rioja Alavesa, dos de las grandes denominaciones de origen españolas, existe un itinerario donde el vino se entiende a través de la arquitectura. No se trata únicamente de visitar bodegas; también se recorren edificios concebidos como refugios del tiempo, para proteger al vino mientras madura tranquilamente en silencio y oscuridad.

Las bodegas Portia, Campillo y Faustino, del grupo Martínez Zabala, forman un triángulo singular donde arte, ingeniería y paisaje dialogan. Cada edificio interpreta esa filosofía mediante un diseño arquitectónico distinto: trébol, octógono y arcos de madera respectivamente.

La imagen estética del grupo nace en el municipio alavés de Oyón, a pocos kilómetros de Logroño y Laguardia, junto al Ebro. Décadas antes de que la arquitectura firmada por grandes nombres internacionales definiera esos espacios, la familia ya había interiorizado el poder cultural de la imagen.

Un retrato del comerciante holandés Nicolaes Van Bambeeck de Rembrandt fue el elegido para las etiquetas de su emblemática marca: Faustino. Una estrategia pionera que asociaba vino y arte como parte inseparable de la familia

No era una decisión casual. La primera actividad empresarial del patriarca de la familia, Eleuterio Martínez Arzok, estaba vinculada al comercio del lino, un material históricamente ligado a la pintura clásica y a los lienzos sobre los que trabajaron maestros europeos.

Del lino al vino, del cuadro a la botella. Su nieto, Julio Faustino Martínez, padre de la actual generación de viticultores, construyó un relato visual que también se trasladaría a la arquitectura. Un recuerdo a su abuelo y a su padre, Faustino Martínez Pérez.

Con el tiempo, las bodegas han acogido muestras artísticas y encuentros culturales. Uno de los más importantes sin duda, fue la firma del acuerdo fundacional del Museo Guggenheim Bilbao en Bodegas Campillo en 1991.

El vino, un producto agrícola, se convertía en agente cultural.

Fue más que una firma; significó el inicio de una estrecha relación entre esta bodega, situada en Laguardia, y la pinacoteca bilbaína durante las tres últimas décadas. Su vino se sirvió en la inauguración del emblemático edificio, y más tarde, en todos los acontecimientos históricos del Guggenheim.

Arquitectura protectora por encima de la belleza

En las tres bodegas el edificio es un contenedor industrial, pero sobre todo una estructura protectora. La arquitectura actúa como abrigo físico y climático mientras el vino continúa su proceso en penumbra.

La oscuridad, la estabilidad térmica y el silencio se convierten también en decisiones constructivas. No siempre fáciles de compaginar, como destaca Lourdes Martínez, consejera de la Familia Martínez Zabala, que todavía recuerda lo complicado que fue convencer a Norman Foster de que lo primordial era cuidar el vino. A la vez, el arquitecto británico descubrió el mundo vitivinícola.

Hormigón, piedra o madera funcionan como pieles que aíslan el paso del tiempo exterior para permitir que en el interior el vino evolucione lentamente.

En la extensa meseta de la Ribera del Duero, conforme nos acercamos a la burgalesa Gumiel de Izán, asoma discretamente la silueta de Bodegas Portia, diseñada por el estudio de Foster como una pieza de ingeniería convertida en paisaje. Igual que el vino, también está enraizado en la tierra. En el interior, una luz granatosa va marcando el límite entre el terreno y la superficie.

La planta del edificio adopta la forma de un trébol de tres hojas que organiza el proceso del vino mediante gravedad. Cada «hoja» o ala corresponde a una fase -fermentación, barrica y botella-, mientras un núcleo central concentra la actividad operativa. Su forma permite que los tractores asciendan hasta el techo de la bodega para reducir el trasiego de la uva.

La arquitectura funciona como una máquina precisa: la uva entra por la cubierta transitable y desciende catorce metros sin necesidad de bombeo mecánico. El edificio reduce fricción, energía y manipulación, permitiendo que el proceso fluya de manera natural.

El hormigón armado domina el conjunto como herramienta arquitectónica y térmica. Su masa estabiliza temperaturas y crea el ambiente oscuro y constante necesario para la crianza. La sostenibilidad surge del diseño mismo: ventilación cruzada, reutilización de agua y adaptación al paisaje.

Si Portia es una mirada al futuro industrial, Bodegas Campillo, en Laguardia, explica el origen cultural del proyecto familiar. Diseñada por el arquitecto Aurelio Ibarrondo e inaugurada en 1990, fue la primera bodega de Rioja alavesa concebida desde su inicio como espacio visitable y promotora del enoturismo en la zona.

Inspirada en los châteaux bordeleses, su geometría octogonal nace de una anécdota doméstica: la mesa donde se tomaron las primeras decisiones del proyecto tenía ocho lados.

La construcción combina piedra de sillería, madera local y cubiertas de pizarra, integrándose visualmente en la Sierra de Cantabria.

Gran parte del edificio permanece soterrado a 4 metros de profundidad, aprovechando las condiciones naturales del terreno para mantener humedad y temperatura constantes sin climatización artificial.

La nave de barricas tiene forma de quilla invertida, en referencia a su personalidad exportadora, y las naves abovedadas de ladrillo macizo acogen un botellero con capacidad para casi dos millones de botellas.

En este lugar la arquitectura se acerca a lo ritual: el visitante recorre una bodega… y un espacio casi espiritual dedicado al tiempo y al envejecimiento de un producto que sigue madurando, siempre en la oscuridad.

En el interior, más arte. Campillo Creativo es una sala de exposiciones, a la que han dedicado un gran espacio permanente de la bodega, con superficies amplias, una magnífica iluminación y una selección periódica de grandes obras y artistas.

Los calados subterráneos del siglo XIX representan el origen. Galerías excavadas en piedra donde la funcionalidad generaba belleza sin intención estética explícita.

Sobre esa base histórica se levantaron ampliaciones industriales que culminaron recientemente con el edificio contemporáneo El Legado”, nuevamente diseñado por Norman Foster, que recoge toda la trayectoria de una familia de visionarios, que hoy regentan dos mujeres. Las hermanas Lourdes y Carmen Martínez Zabala.

La forma dominante del nuevo edificio son los grandes arcos de madera de alerce, inspirados en iglesias serranas tradicionales. La elección del material no es solo estética: la madera actúa como sumidero de carbono y regula naturalmente la humedad interior.

El nuevo edificio abre la bodega al paisaje, incorporando luz natural, ventilación pasiva y energía fotovoltaica. El recorrido del visitante conecta la oscuridad de los calados con la luminosidad cálida de este espacio multidisciplinar.

El recorrido entre Ribera del Duero y Rioja Alavesa a través de estas tres bodegas revela cómo un mismo grupo familiar ha sabido interpretar territorios distintos mediante arquitecturas diferentes.

En Ribera, Portia, con su paisaje abierto, inspira eficiencia, geometría contemporánea y modernidad industrial. En Rioja alavesa, la tradición histórica favorece la monumentalidad y la memoria a través de la piedra de Campillo o la levedad de la madera en Faustino.

El resultado es un itinerario enoturístico donde el visitante comprende que cada vino nace tanto del suelo como del espacio que lo protege.

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