El secreto romano de Estambul está bajo tierra en Zeytinburnu

Estambul tiene esa capacidad casi secreta de hacer que la historia aparezca cuando menos se espera. Basta abandonar durante un momento los grandes itinerarios, dejar atrás el ruido de los lugares más visitados y acercarse a Zeytinburnu para encontrar una historia que permaneció oculta durante siglos bajo la superficie de una antigua construcción otomana.

Allí, en el antiguo hospital militar convertido hoy en el Centro de Artes Kazlıçeşme, se encuentra el Museo de Mosaicos de Zeytinburnu. Su historia comenzó a revelarse en 2015, durante los trabajos de restauración del edificio. A aproximadamente un metro y medio de profundidad aparecieron unos mosaicos que obligaron a detener la mirada y también el tiempo.

Lo que había bajo aquel suelo no era un simple vestigio. Era una parte de la memoria de Estambul, conservada en 190 metros cuadrados de pequeñas piezas de piedra y color.

En 2019 comenzaron nuevas excavaciones, supervisadas por los Museos Arqueológicos de Estambul. Los trabajos confirmaron que los mosaicos se prolongaban más allá de la estructura inicialmente descubierta y condujeron además a otro hallazgo de enorme interés, un sarcófago de mármol con los restos de dos personas.

Un jardín romano bajo el cristal

Hay algo especialmente hermoso en contemplar una obra antigua exactamente allí donde fue creada. En el Museo de Mosaicos de Zeytinburnu, el visitante camina sobre un suelo elevado de cristal mientras, unos centímetros más abajo, permanece el mosaico original. La distancia es mínima y el tiempo que separa al viajero de quienes lo contemplaron hace más de mil quinientos años parece reducirse de pronto.

Las piezas fueron realizadas mediante la técnica conocida como opus tessellatum y pertenecen al periodo romano tardío y al primer periodo romano oriental. Se remontan a los siglos IV y V d. C. y se cree que pudieron formar parte de una villa romana situada en la zona.

El conjunto posee una belleza que no necesita ser explicada. Hay geometrías, estrellas, composiciones poligonales y motivos florales. Las formas se suceden sobre la piedra con una precisión que habla de una sensibilidad estética extraordinariamente refinada.

Mirados desde arriba, los mosaicos adquieren otra dimensión. Ya no son únicamente restos arqueológicos. Son superficies concebidas para ser contempladas, espacios donde el dibujo, la repetición y el color construían una determinada idea de belleza.

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Quizá por eso la visita tiene algo de silencioso. El viajero no recorre únicamente una sala de museo. Recorre una estancia que perteneció a otro mundo y observa, a través del cristal, la huella cotidiana de personas cuyo nombre se perdió hace siglos.

Cada tesela ocupa su lugar. Cada dibujo conserva una parte de aquella vida desaparecida. Y Estambul vuelve a demostrar que su patrimonio no termina en sus grandes monumentos.

El misterio que quedó junto al mosaico

Pero bajo aquel edificio no apareció únicamente una extraordinaria superficie decorada. Las excavaciones revelaron también un sarcófago de mármol, una tumba de ladrillo y restos humanos vinculados a estas estructuras. Junto a ellos aparecieron vasijas de terracota y monedas pertenecientes a distintos siglos, objetos que permiten seguir la continuidad de la vida en este lugar a través del tiempo.

Hay algo profundamente humano en esos hallazgos. El mosaico habla de quienes construyeron, decoraron y habitaron aquel espacio. El sarcófago recuerda a quienes murieron. Las monedas y las vasijas hablan de quienes compraron, vendieron, comieron, bebieron o simplemente pasaron por allí.

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La arqueología adquiere entonces una dimensión íntima. No se trata únicamente de contemplar objetos antiguos. Se trata de reconocer en ellos gestos que continúan formando parte de nuestra propia vida. Una flor dibujada sobre el suelo. Una moneda perdida. Una vasija. Un lugar destinado a guardar a los muertos. Pequeños fragmentos capaces de devolver una dimensión humana a la historia.

El Museo de Mosaicos de Zeytinburnu conserva ese diálogo entre la belleza y la memoria. Los mosaicos permanecen en su contexto original y los demás hallazgos enriquecen una visita que permite comprender cómo distintas épocas fueron dejando sus huellas sobre el mismo territorio.

Una Estambul que todavía tiene secretos

Quizá una de las mayores virtudes de este museo sea precisamente su capacidad para sorprender. Estambul recibe millones de viajeros atraídos por una arquitectura monumental que forma parte del imaginario universal. Pero existe otra ciudad que se descubre cuando el viajero se concede tiempo para desviarse ligeramente de las rutas conocidas.

Zeytinburnu pertenece a esa otra Estambul. El museo forma parte del Centro de Artes Kazlıçeşme, un espacio cultural instalado en el antiguo edificio otomano de ladrillo rojo restaurado. Además de los mosaicos, el complejo cuenta con biblioteca, salas de exposiciones y otros espacios dedicados a la cultura, prolongando la experiencia más allá de la visita arqueológica.

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Es una forma distinta de acercarse a la ciudad. Más pausada. Más atenta. Una visita en la que el viajero descubre que Estambul también puede contemplarse hacia abajo, siguiendo las líneas de una geometría romana que sobrevivió al tiempo.

El museo abre todos los días excepto los lunes, de 10:00 a 18:00 horas. Y quizá convenga llegar sin demasiadas expectativas. Porque hay lugares que impresionan por su tamaño, otros por su historia y algunos, mucho más discretos, por la intimidad con la que permiten acercarse al pasado.

El Museo de Mosaicos de Zeytinburnu pertenece a estos últimos. Allí, bajo los pies del viajero, Estambul conserva una antigua composición de estrellas, flores y geometrías. Sobre ella pasan los visitantes. Debajo permanece la piedra. Y entre ambas cosas queda suspendida una historia que todavía tiene mucho que decir.

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