Un viaje entre viñas, pueblos de piedra y las Hoces del Riaza al volante del Hyundai Santa Fe híbrido enchufable tiene muchas sorpresas. Realmente, hay una Ribera del Duero que no aparece en las fotografías más conocidas de la denominación. No tiene la monumentalidad bodeguera de Peñafiel, el entramado subterráneo de Aranda ni las extensiones de viñedo que rodean algunas de las grandes fincas burgalesas y vallisoletanas. Es una Ribera más pequeña, remota y silenciosa, escondida en el extremo nororiental de Segovia, allí donde la provincia se aproxima a Burgos y Soria y la llanura castellana comienza a quebrarse alrededor del río Riaza.
La denominación se introduce en Segovia a través de cuatro municipios: Aldehorno, Honrubia de la Cuesta, Montejo de la Vega de la Serrezuela y Villaverde de Montejo. Apenas un pequeño apéndice dentro de una región vitivinícola inmensa, pero también uno de sus paisajes más singulares. Aquí la Tinta del País —el nombre ribereño del tempranillo— crece entre suelos pedregosos, inviernos rigurosos, veranos secos y fuertes contrastes térmicos. El resultado son unos tintos de carácter castellano, pero con una frescura, una tensión y una expresión propias de este territorio fronterizo.

Como compañero de ruta elegimos el Hyundai Santa Fe híbrido enchufable 2026, un SUV grande, familiar y de diseño rotundo que parece especialmente cómodo en esta Castilla de horizontes largos. No es únicamente una cuestión de estética. Sus siete plazas, su posición de conducción elevada y su amplio espacio interior permiten organizar una escapada con equipaje, ropa de campo, botas, cámaras, prismáticos y alguna caja de vino adquirida durante el recorrido.
Aldehorno es una buena puerta de entrada a esta pequeña Ribera segoviana. El viajero llega después de atravesar un territorio de campos amplios, lomas suaves y pueblos que apenas interrumpen la geometría agrícola. No hay aquí grandes reclamos turísticos ni edificios destinados a causar una impresión inmediata. Su atractivo está precisamente en esa discreción.
En los alrededores aparece una viticultura de escala humana. Las parcelas de viñedo se mezclan con el cereal y con caminos agrícolas que recuerdan que el vino nunca ha sido una actividad aislada, sino una pieza más de la economía campesina. Durante generaciones, las familias elaboraron para su propio consumo en lagares modestos y conservaron el vino en bodegas excavadas, aprovechando la temperatura estable del subsuelo.
En esta parte de Ribera del Duero, el tinto no debe entenderse necesariamente como un vino de concentración extrema. El clima frío y la altitud favorecen ciclos de maduración particulares, mientras que la diferencia de temperatura entre el día y la noche ayuda a conservar la acidez. La Tinta del País aporta fruta negra y roja, estructura y capacidad de envejecimiento, pero el territorio segoviano añade una sensación de frescura que evita que el vino resulte pesado.
Una parada más conocida es Honrubia de la Cuesta, un pueblo asentado en una suave elevación desde la que se adivina el tránsito entre la meseta segoviana y las tierras ribereñas. Su perfil, dominado por la iglesia y por un caserío sobrio, resume buena parte de la arquitectura de esta comarca: piedra, teja, muros gruesos y construcciones adaptadas a un clima de inviernos severos. Bodegas Maestre es el motor enológico de la zona y realmente merece la pena. Aquí la presencia del vino se descubre caminando, observando antiguas entradas de bodegas, escuchando las historias de los vecinos y buscando las parcelas de vid entre el cereal.
El recorrido original proponía detenerse en esta Segovia norteña para disfrutar del paisaje y de un picnic con productos locales. La idea sigue teniendo sentido, con una condición fundamental: los vinos adquiridos durante el viaje deben reservarse para la llegada al alojamiento o para una comida en la que el conductor no participe en la cata. Vino y carretera necesitan una separación absoluta. La mejor fórmula para una ruta enológica es concertar las visitas, catar con moderación, contar con un conductor designado o limitarse a conocer los vinos y transportarlos para abrirlos al final de la jornada.
En el maletero del Santa Fe caben sin dificultad una mesa plegable, una cesta con pan, queso de oveja, embutidos, fruta y varias botellas protegidas del calor y de los movimientos. Su portón amplio facilita convertir el coche en una base logística desde la que organizar cada parada. Pero el verdadero lujo sigue estando fuera: comer mirando los campos, escuchar el viento y entender que el paisaje que rodea la copa también forma parte del sabor del vino.
Desde Honrubia, la carretera conduce hacia Villaverde de Montejo. El paisaje empieza a cambiar. La horizontalidad pierde su dominio absoluto, aparecen manchas de monte bajo y el relieve anuncia la proximidad de las Hoces del Riaza.
Villaverde de Montejo es otro de los cuatro municipios segovianos incorporados a la denominación. Su relación con Montejo de la Vega y con el parque natural convierte este tramo en la transición perfecta entre el relato puramente vitivinícola y el viaje de naturaleza. La viña deja de ser solo un cultivo y comienza a interpretarse como parte de un ecosistema formado por suelos calizos, laderas, vegetación mediterránea, vegas fluviales y una extraordinaria población de aves rupícolas.
En estas carreteras secundarias el Santa Fe funciona como un gran turismo elevado. La visibilidad facilita anticipar curvas, cambios de rasante y accesos rurales, mientras que la tracción total aporta seguridad cuando el firme está húmedo o cuando hay que entrar en algún aparcamiento de tierra. No se trata de practicar conducción todoterreno ni de invadir caminos agrícolas, sino de desplazarse con comodidad y respeto por un territorio especialmente sensible.
Montejo de la Vega de la Serrezuela es el centro emocional del recorrido. El pueblo funciona como entrada natural a las Hoces del Río Riaza y como principal referencia del reducido territorio segoviano de la denominación. Conviene detenerse primero en la Casa del Parque para conocer la regulación de los senderos, las características del espacio protegido y las restricciones que pueden afectar a determinados itinerarios durante la temporada de cría de las aves. El paisaje no es un decorado disponible sin condiciones, sino un sistema vivo que exige información y prudencia.

Es en Montejo donde se encuentra Bodega Severino Sanz, señalada actualmente como la única bodega de la provincia inscrita en la D. O. Ribera del Duero. El proyecto conserva un marcado carácter familiar y vincula sus vinos con las particularidades del suelo pedregoso y del microclima de las Hoces del Riaza. Esa combinación se traduce en tintos que buscan intensidad frutal, pero también frescura y una acidez reconocible.
Visitarla permite comprender que la Ribera del Duero no es una región uniforme. La variedad principal puede ser la misma, pero el suelo, la orientación, la altitud, el clima y la edad de las cepas modifican profundamente el resultado. Los tintos segovianos conservan el fondo estructurado de la Tinta del País, aunque expresan una identidad menos madura y más vertical: fruta, notas especiadas, taninos firmes y una frescura que alarga el vino en boca.
La bodega alberga también una colección de antiguas vigas de lagar reunidas durante décadas, algunas de grandes dimensiones, que permite explicar cómo se prensaba la uva antes de la llegada de la maquinaria moderna. Es un patrimonio humilde, vinculado al trabajo y no a la ostentación, que ayuda a comprender la continuidad entre los vinos actuales y las generaciones que elaboraron en lagares domésticos.
Son vinos nacidos en una zona de producción mínima, expuesta a temperaturas extremas y situada en el límite geográfico de la denominación. La Tinta del País mantiene su capacidad para producir vinos profundos, pero adquiere aquí una expresión particularmente fresca. En las elaboraciones jóvenes o con crianzas moderadas aparecen la fruta roja, la mora, las hierbas secas y ciertas notas minerales. El paso por madera puede aportar especias, cacao y tostados, aunque su verdadera personalidad depende de que la barrica no esconda la energía natural de la uva.

