Basta dar un paso por las calles de Cali para comprobarlo: los caleños “bailan hasta cuando caminan”. El movimiento de la ciudad parece seguir un compás constante. La salsa, aquí, es mucho más que un género musical: es un latido colectivo con dos nombres que resuenan con fuerza; Jairo Varela y el Grupo Niche.
En el centro, una escultura los recuerda: una trompeta gigante que suena al colocarse bajo sus campanas metálicas. Suena todo el día. El bronce parece respirar salsa por cada uno de sus cuatro cuernos, que dividen y a la vez unen el ritmo. En uno se escuchan los instrumentos de viento, en otro los metales, enel tercero la percusión, y en el último la canción completa.
La gente corre para ubicarse justo debajo, como si en ese punto exacto el alma se conectara con algo sagrado, un ritual.
En la parte superior, una sola palabra: Niche, término con el que se denomina a los afrodescendientes del Pacífico colombiano.
Porque Niche es más que una orquesta: es una declaración de identidad. Su fundador, Jairo Varela, no solo compuso canciones; escribió, sin saberlo, capítulos fundamentales del relato caleño. Su misión fue clara: reivindicar las raíces afro de esta parte del país y ofrecer una nueva sonoridad que fusionara la herencia local con las influencias caribeñas.
A pocos pasos de la escultura está el museo que lleva su nombre. No es grande, pero guarda lo esencial: instrumentos originales, vestuarios usados en videoclips, partituras manuscritas y una consola analógica Sony de 24 canales que es una auténtica reliquia. Como el legendario vestuario que lució en el Madison Square Garden hace casi cuatro décadas.
Todo bajo el lema “Tocando el cielo con las manos”, título del álbum póstumo que Varela dejó casi terminado antes de morir. Poético, y verdadero.
En la entrada, las portadas de todos sus discos decoran las escaleras. Destaca una: No hay quinto malo, el álbum que lo cambió todo. Fue el quinto trabajo de estudio del grupo y dio vida a un himno: “Cali Pachanguero”. Desde entonces, ninguna fiesta en la ciudad comienza sin que alguien grite: “¡De Cali para el mundo!”.
Lady Joana Queiro, guía del museo, habla de Jairo como si lo hubiera conocido toda la vida. Tararea sus canciones, las canta a los visitantes mientras recorre la gran sala de este templo musical. Cuenta que Varela tuvo comienzos difíciles, pero en 1983, al instalarse definitivamente en Cali, encontró su camino y selló su vínculo eterno con la ciudad. Un año después compuso la canción que enamoró a todo un país.
La crónica de la salsa caleña actual no estaría completa sin mencionar Delirio, espectáculo premiado dentro y fuera de Colombia. Noche tras noche, bailarines, músicos, acróbatas, escenógrafos y diseñadores crean una experiencia que mezcla salsa, circo y gastronomía. Más de 580 personas participan de esta celebración escénica que convierte cada función en una ceremonia.
Pero la salsa en Cali no se limita a los escenarios oficiales. Cada dos semanas hay un festival, la mayoría de ellos musicales. El más internacional es el Festival Mundial de Salsa. Y a fin de año, la Feria de Cali —con su salsódromo, desfiles, conciertos y el carnaval del Cali Viejo, que convierte la ciudad en una fiesta total.
Y todo esto, gratis.
No hay que esperar a diciembre ni a un gran evento. En Cali, los viernes son sagrados gracias a la calle Sabor, surgida en la pandemia como un espacio espontáneo y vibrante. Allí no hay tarimas ni coreografías, solo cuerpos en movimiento y una ciudad que se desborda por los poros. La música se comparte y los caleños enseñan a bailar a cualquiera, con ritmos vertiginosos o pasos suaves.
Juliana, nuestra anfitriona, nos muestra videos del ambiente que se vive en el lugar: adolescentes, adultos, abuelos, turistas… todos entregados al mismo compás. La salsa, en Cali, no discrimina.
Hay barrios donde el alma salsera late más fuerte. En el Barrio Obrero, pionero en los años 80 y 90, todavía se ven hombres mayores, impecables con chaquetas y zapatos de charol, bailando con pasión intacta. En Alameda, el ambiente es más sofisticado, con salones de lujo para quienes vivieron la salsa en su edad dorada.
Y en Menga, antiguas bodegas industriales se llenan con hasta tres mil personas que bailan hasta el amanecer. La vida nocturna es vibrante, un mosaico de ritmos marcados por una gran diversidad cultural.
No se puede hablar de salsa caleña sin mencionar Juanchito. Separado de Cali por el río Cauca, fue durante décadas el santuario nocturno del ritmo. Se decía que “quien no iba a Juanchito, no había conocido Cali”.. Pero el auge de nuevos recintos de fiesta en el centro y las inundaciones, que dañaron locales emblemáticos, apagaron poco a poco su brillo.
Aun así, su espíritu persiste en la memoria de una ciudad que no olvida a quienes le enseñaron a bailar.
En la capital del Valle del Cauca, la salsa no es solo música: es una forma de vivir.

