Peñíscola, la fortaleza que baila con la Virgen de la Ermitaña

La ciudad que parece flotar sobre el Mediterráneo esconde en sus murallas siglos de historia, intrigas papales y un calendario festivo que late con fuerza cada septiembre. Peñíscola es, al mismo tiempo, escenario medieval y teatro popular donde la devoción se transforma en danza en los desfiles de Moros y Cristianos el fin de semana siguiente, el 19, 20 y 21 de septiembre. 

Quien llega a este rincón de la costa levantina descubre pronto que la grandeza de su castillo no se entiende sin las celebraciones que cada año inundan sus calles. La combinación de patrimonio y fiesta convierte la visita en una experiencia que trasciende el simple viaje turístico. 

La huella del Papa Luna 

En lo alto del peñón se levanta el castillo templario que marcó para siempre la historia de la villa. Allí se refugió Pedro Martínez de Luna, más conocido como el Papa Luna, durante los años más convulsos del Cisma de Occidente. Desde esa fortaleza defendió su legitimidad frente a los demás pontífices y convirtió el recinto en palacio, biblioteca y refugio espiritual. 

La sobriedad de la construcción y las vistas al mar recuerdan a cada visitante que aquel hombre aragonés se negó hasta su muerte a renunciar al papado. Su célebre terquedad, resumida en la frase “sigo en mis trece”, aún resuena en las leyendas que acompañan al monumento. 

Danzas que son devoción 

Aunque nada tienen que ver con las intrigas papales, las fiestas en honor a la Virgen de la Ermitaña encuentran en el mismo castillo su escenario más emblemático. Septiembre convierte a Peñíscola en un hervidero de música y tradición. 

Las danses son el corazón de la celebración. Guerreros, campesinos, gitanes, cavallets, pelegrines y moros y cristianos forman un mosaico coreográfico que evoca la historia del pueblo. Espadas, palos, cintas y arcos marcan los pasos de unos bailes transmitidos de generación en generación. El momento culminante llega con el castell, una torre humana coronada por un niño que trepa como si ascendiera por un árbol hacia el cielo mediterráneo. 

Un legado con siglos de historia 

Los documentos más antiguos sitúan estas celebraciones en el siglo XVII, aunque la tradición asegura que son mucho anteriores. El origen se relaciona con la Reconquista y con la recuperación del culto a la patrona tras la dominación islámica. Desde entonces, cada septiembre las campanas marcan el inicio de la fiesta y la ciudad se viste de gala. 

Los desfiles de moros y cristianos ponen la nota épica y colorida. Comparsas con trajes bordados a mano recorren las calles en dos grandes entradas, la Mora y la Cristiana, que evocan siglos de enfrentamientos y convivencia. Los atuendos, confeccionados con meses de trabajo artesanal, convierten el desfile en un espectáculo visual difícil de olvidar. 

Una fiesta total frente al mar 

A la procesión de la patrona se suman charangas, encierros taurinos, conciertos, competiciones deportivas y fuegos artificiales. La mezcla de lo religioso con lo popular hace que el ambiente impregne cada rincón del casco antiguo. Las enaguas almidonadas de los dansants, el trote de los cavallets y el fervor de los marineros que portan a la Virgen construyen un mosaico humano único en el Levante español. 

El final no puede ser más cinematográfico. Un castillo de fuegos artificiales ilumina el mar mientras las murallas templarias sirven de telón de fondo. El viajero que contemple esa escena entenderá que en Peñíscola la historia y la fiesta no son capítulos separados, sino un relato compartido que sigue escribiéndose cada septiembre.

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